martes, 28 de febrero de 2012

LA REALIDAD DEL TANTRA

Me senté a zampar delante del ordenador, como había hecho todos los Domingos en los que Jacinta trabajaba. Parecía un sucio gorrino hambriento. Comía con las dos manos recubiertas de aceite y grasa, mientras me chupeteaba astutamente mis dedos. Tenía hambre de lobo. Recomía los pedacitos de mortadela que me quedaban entre los dientes con sonoros chasquidos dentales. Encendí  el pc  y utilicé lenguaje cavernícola al hacer una búsqueda en Google. Quería obtener información sobre la eyaculación precoz, puesto que la falta de control sobre el reflejo eyaculatorio en la fase del orgasmo durante mis relaciones sexuales era un trastorno que venía padeciendo desde hacía algunos meses. La extremada educación de Google en su observación "Quizás quiso decir:..." me alertó que eyaculación se escribe sin h. Yo siempre me he fiado antes de Google que de mi médico. Aporreando con mis dedos de pocero hice click en el icono de un artículo sobre el tantra  mientras bostezaba y con la mano izquierda me rascaba el sobaco. El documento estaba en formato pdf y acompañé con palmas la bajada del archivo para que para que fuera más rápido. El artículo ilustraba que el tantra , a diferencia de las corrientes esotéricas convencionales, adoctrinaba a utilizar el deseo como sendero hacia la realización. Para alcanzar dicho objetivo, era necesario recorrer, en sentido inverso, la vereda de la manifestación. Y en la misma tradición Śakti, la energía, era el vehículo mediante al cual la conciencia individual se unía con la conciencia pura o divinidad, alcanzando la iluminación completa, un eterno estado de paz duradera. Era una especie de “yoga sexual”, cuya finalidad era dominar, amansar y gobernar el apetito sexual, de tal manera que el hombre podía retardar horas e incluso días la eyaculación. Realicé una minuciosa búsqueda de centros de Tantra, hasta que obtuve un resultado. El consultorio residía en apenas dos manzanas de mi domicilio. Decidí llamar y reservar una sesión.
Me vestí con rapidez unos vaqueros desgastados, una camisa blanca y unas sandalias blancas. El aire olía a lluvia, el cielo estaba gris y unas gotas dispersas golpeaban ya las baldosas de la calle. Con paso espasmódico emprendí la cuesta que conducía al centro tántrico. Estaba nervioso. Encendí una colilla de un cigarro que había tomado del húmedo asfalto y di dos bocanadas profundas tratando de calmarme. El centro de masajes estaba en el subterráneo de una galería comercial. Los graffitis adornaban las paredes y las escaleras automáticas. Dos guardias de seguridad, aguardaban inmóviles en la entrada. Respiré profundamente y me dirigí hacia la puerta. - “ Buenas tardes, soy Anastasio Prepuzio, me esperan para la sesión de Tantra.”- entoné con voz firme. Uno de los vigilantes chequeó mi nombre en la lista que tenía en el portafolio. - “ Pase a la sala de espera por favor. En seguida le atenderán.”- respondió amablemente.  La sala de visitas era asombrosa con un estilo arquitectónico fiel a sus orígenes balineses. Barritas de incienso y estatuas inspiradoras de Buda decoraban la estancia. Miré mucho rato un cuadro budista que colgaba de aquella sala para hacerme el interesante.Una mujer barbuda, desdentada , de apenas 120 centímetros de estatura, ejemplar de hembra uniceja, con bigote y patillas, con esa edad indefinida que marcaba a las campesinas entró en la sala. - “Buenas tardes. Soy Yania. Bienvenido. Si quiere acompañarme…”-. Acompañé a aquella decrépita mujer andando a ritmo de mp3 de lo nervioso que estaba. Me hizo esperar en una sala de masajes.- “ Desnúdese y túmbese en la camilla. En seguida viene la masajista”- sentenció. Me desnudé quitándome mis rígidos calzoncillos, salpicados por excrementos y orines, adornados con escandalosos frenazos con relieve de tono dorado ocre que emanaban un hedor parecido a los cubos de basura destapados. Estaba extremadamente nervioso. Pude notar como mi propio aliento volvía hacia mí, experimentando un leve desvanecimiento por el pestazo que mi  boca infectada desprendía. 
Me abrió la puerta y la vi. No muy alta, esbelta, de unos 40 bien llevados. Una hembra bellísima, en ropa interior. Nos saludamos cortésmente. El lugar muy cálido, en tonos fuertes con luz tenue de velas y una música increíble con sonidos de mar de fondo y algo de jazz. Me acosté sobre la camilla y comencé a escuchar una meditación que sin darme cuenta logró su cometido: relajarme. Me dejé llevar por los sonidos del mar mientras sentía que mi pene empezaba a agujerear la camilla. Mi mente volaba, se sumergía en ese mar imaginario, estaba tranquilo. Me sentía raro, como flotando en esa camilla. Una sensación indescriptible, única. Mi cerebro estaba sin pensar, cosa que para alguien cerebral como yo parecía imposible. Creía que estaba en otro lugar, en otro planeta, en ese lugar en donde toda la paz del mundo aparece y no querría que se fuera jamás. De pronto comenzó una música suave y sentí que me rozaban mis purulentos pies, luego las rodillas, los velludos muslos, la ingle, el mórbido pecho, la garganta, los ojos y el grasiento pelo. Ahí me dijo: ..-”Tranquilo, mantén la respiración y sigue con los ojos cerrados…”- pero al abrir los ojos la vi desnuda, imponente y la eyaculación precoz empezó a despertar, con las pulsaciones a mil.
Nos rozamos, respiramos, nos miramos increíblemente, nos calentamos juntos.
-“Ahora te voy a enseñar como retardar la eyaculación”- susurró socarronamente la masajista. Me parecía imposible que pudiera lograr tal quimera proeza, pues mi libídine estaba en la cresta de la ola.
La masajista se enfundó un guante de boxeo, y sin previo aviso, empezó a aporrearme los genitales, con rabia, cólera, furor, como si de un muñeco de goma se tratara. Flageló sin escrúpulos mi escroto con ira, exasperación, vesania, con ensañamiento y rudeza.
Para terminar la sesión, la muy cabrona se aproximó a una  mesa  donde aguardaban objetos poco  tranquilizadores y  cogió una pinza metálica que colocó en mi pene y testículos y aplicó una aterradora descarga eléctrica, logrando una repentina contracción  de mi cuerpo,  acompañada de un grito apenas contenido.
Sin duda, puedo afirmar la veracidad de aquel artículo que desgraciadamente leí. Había conseguido retardar la eyaculación. De hecho, desde entonces ( hace 45 días), no he logrado orgasmo alguno.




viernes, 24 de febrero de 2012

LA SIRENITA

Cuenta la leyenda que en Guinea Ecuatorial, una menuda sirena de rasgos peculiares, de  imperecedera juventud, orgullosa y altiva, dotada de singular encanto, platina y esbelta, habita en sus mares del sur, dónde el verano envuelve gran parte del año, y el cielo y el agua se hacen uno entre los cerros cubiertos de algas silvestres.
Es parte de los mitos de dichas tierras, siendo la criatura mágica más solitaria y misteriosa de todas. Al cantar, parece ser hermosa doncella, y los que sucumben ante su encanto, a quién atrae por su belleza y sus canciones, otorga poderes fálicos sobrenaturales.
Obsesionado aleatoriamente como fuente de conocimiento y follabilidad, decidí comprobar si la leyenda era cierta. Mi distanciamiento con Jacinta, inmersa en la publicación de su primer libro, y especialmente mi diminuto pene, bien merecía la pena tan arriesgada aventura.
Llegué hasta el puerto de Barcelona y astutamente logré colarme en un buque carguero que estaba haciendo escala. Sólo pude saber que se dirigía a Sudáfrica. Con desesperación, inconsciencia pueril, un par de mancuernas, tres bolsas de palomitas para pasar sed durante la travesía, una sonda rectal para administrarme enemas en momentos de aburrimiento y una brújula casera, me escondí en la bodega, debajo de los motores, en un pequeño zulo que apenas me daba para extender mi metro sesenta.
Tras dos interminables semanas de viaje, deshidratado, aturdido por el ruido de los motores, y ya sin posibilidades de racionar la palomitas que eran parte del pasado, mi brújula advirtió que el barco surcaba la costa guineana. Sigilosamente subí a popa y me tiré varonilmente al mar. Empecé a nadar chulescamente estilo mariposa. Apenas aguanté 100 metros. Pasé a hacerlo estilo crol, centrándome en mantener la cabeza fuera del líquido. La visibilidad era nula. El cansancio empezaba a hacer mella en mi cuerpo, y las mancuernas me pesaban como si fuesen una coraza. Ya no controlaba el ritmo, y mi nado era irregular y torpe. Braceaba  ya como un canino que se está ahogando. El cansancio, los calambres en las piernas y las pirañas que cruelmente  mordisqueaban mi escroto, me impedían mantenerme a flote. Pero yo era un guerrero del dolor, un gladiador del calvario. Pensé en Falte y al momento empecé  subir hasta llegar a la superficie. Ya estaba cerca, podía notarlo. La temperatura del agua había subido, lo cual me indicaba que me encontraba cerca de la orilla. Empecé a ayudarme con mis pies dotados de uñas como mejillones y manos en un arenal que yacía bajo el agua y que subía hacia la playa, y así fui avanzando, por debajo del agua salada, hasta llegar a la costa donde caí desmayado.
El océano se agitó de una manera extraña y con rumor formidable, mientras un resplandor rojizo iluminó el cielo. Eran los primeros rayos de sol que me despertaron de mi profundo sopor.  Traté de poner en orden todo lo que estaba pasando, y dediqué unos minutos a reflexionar. Recordé como encontré a mi madre en Meetic.com. Estaba completamente desnudo en una paradisíaca playa. Giré mi cabeza en busca de mi zurrón, en el  que celosamente custodiaba mis chupicromos y las mancuernas, y suspiré aliviado, seguía a mi lado. Las gaviotas chillaban atrozmente entre los abruptos roquedales y picoteaban sin piedad los parásitos que anidaban en mi cabeza. Me agarré los labios, intentando contener un alarido y lloré. Lloré desconsoladamente. Estaba solo, abandonado. No había nadie que pudiera socorrerme. Miré mi liliputiense pene. Él tenía la culpa de todo aquello. Maldito cabrón.
De repente, por la ladera de aquella frondosa selva que conducía a la playa, oí caer unas piedras que rebotaron contra las palmeras silvestres. Instintivamente me volví hacia aquel sitio, y vi una extraña silueta que se ocultaba, con gran rapidez, tras el tronco de un ciprés. Empecé a recordar tantas historias que había escuchado acerca de los caníbales, pero aquella silueta era perfecta, esculpida tan celestialmente, tan delicadamente, que no podía ser un antropófago. La silueta femenina, se adentró corriendo como una madre en la selva. La seguí. Tenía un paso tan ligero que se podía mover libremente por la jungla, observando sin ser observada. Podía moverse con mucho sigilo. El ruido que hacía se podía comparar con el de los ángeles tímidos. Primero retrocedía y me seguía como una sombra. Después aparecía de repente por delante, y asomaba medio rostro, atisbando con un dorado ojo desde detrás de un árbol. Bruscamente, la silueta dio media vuelta y, en un borroso revoltijo en el que a duras penas puede distinguir su platino cabello, se desvaneció para retroceder y situarse una vez más a mi espalda. Me giré viendo como huía de mí por entre las malezas de un bosque nocturno iluminado por luciérnagas colosales. Empecé a cabrearme, lanzándole atrevidos insultos -" ¡¡¡Zorra!!!, quieres dejar de jugar al escondite!!. Sal de una puta vez!!!"-. Un eructo y el rumor de risotadas fueron su respuesta. Un brutal collejón, me hizo girar jadeante. Pero no había nadie. -"Pichacorta!"- susurró una voz desfalleciente. -"La madre que te parió, sal y da la cara só puta!!!!- le contesté contrariado. Un enorme pedrusco impactó de lleno contra mi cabeza, causándome una atroz brecha. Miré a ambos lados, volaba una mariposa pura como un limón, ganando entre el agua y la luz, mirándome y riéndose de mí como una demente. A mi lado me saludan con sus cabecitas amarillas las infinitas calceolarias pero ni rastro de la figura femenina. Me senté en un altozano. Un hembra de chimpancé, tocando platillos, se acercó a mí. estaba en celo, quería poseerme. Cogí un trozo de madera carcomida y le solté un atroz estacazo en la cabeza, dejándola moribunda en el suelo. Un búho, observaba, con retorcido placer, la caída de su enemigo.
De pronto escuché un gemido agudo y seco. Provenía de la maleza. Sentí cómo se paralizaron todos mis músculos. Dubitativo, emprendí el camino en esa dirección. Los árboles se confundían entre ellos, y sentía una especie de humedad que me envolvía. Justo en la base de un árbol, desplomada de bruces, la figura femenina, entre alegre y vergonzosa, se masturbaba con una especie de fruta silvestre apepinada. Era tan bella que parecía un ángel, un hermosísimo querubín; joven y vivos colores en su rostro: sus mejillas estaban encarnadas y sus labios parecían de coral, dejándome ver al sonreír su boca, de medio lado, aquellos dientes de blancura inverosímil, compañeros inseparables  de húmedos y amorosos labios; sus mejillas mostraban aquel sonrosado que en las mestizas de cierta tez escapa por su belleza a toda comparación. Era la sirena. La había encontrado. La bella sirenita cerró los ojos y disparó un potente destello de luz, encegador. Desprendía una luz brillante aturdidora que me dejó sin visión durante unos minutos. Al recobrar la vista, la sirena había desaparecido. Ni rastro de ella. Se había disipado por completo.
Retomé el camino de regreso afligido, contrariado por no haber podido entablar conversación con ella. Paré a orinar, y al coger mi pene aprecié con inmensa alegría que éste había crecido 10 cm. La leyenda era cierta.




viernes, 17 de febrero de 2012

SPIDERMAN V

Mi  cabeza de marsupial, alopécica, reseca, deforme y envejecida prematuramente, se inclinó de forma cansina sobre el asqueroso sofá del salón, mientras que mi  torpe y temblorosa mano derecha ahuyentaba ratas y otros bichos que habitaban en el rico ecosistema de mi comedor. El pútrido acné cubría mi nariz y frente, dándole ese repugnante brillo grasiento. Costrones de caspa descansaban sobre mis hombros y amargos gránulos de cera se agolpaban en mis ventanas auditivas. Una preciosa cadena de oro con grandes eslabones y visibles manchas de óxido verde producidas por el sudor, colgaba de mi mórbido cuello. Eran las 14.00 horas del Martes, mi anhelado día de descanso. No tenía que ir a trabajar a mi puesto ambulante de venta de globos y conffetis. Recordé como mi madre siempre me decía que la auténtica belleza estaba en el interior, así que me masturbé mirando una radiografía. Tenía más hambre que el tamagochi de un sordo. Me levanté y me dirigí a la cocina.  Abrí la nevera justo antes de que se encendiera la luz y me sentí gilipollescamente un ninja. Cogí media cebolla y me la comí de un bocado. La liliácea  explotó entre mis sarrosos dientes y su jugo chorreó por mi decrépita  barbilla. Caminé  hacia la butaca y me senté de nuevo en ella. La correspondencia se acumulaba en una vieja mesa de roble; cartas, facturas sin pagar, publicidad y alguna suscripción caducada de revistas de zoofilia. Me llamó la atención una de las cartas que yacía inverosímil entre el caótico montón de papeles. Un cenicero lleno de colillas ambientaba la atmósfera. Encendí el mugriento flexo, apagué la tele y me incorporé. Miré la carta con curiosidad. El remitente era BCN Cásting. Tres semanas atrás, husmeando en la sección de relax de un periódico, encontré un anuncio en el que BCN Cásting buscaba actores para protagonizar la quinta entrega de la saga Spiderman. Decidí probar suerte y mandé medio centenar de fotos mías con la burda esperanza de ser seleccionado. Las manos me  temblaban de emoción. Tomé el sobre y lo abrí. Apenas podía leer. No por los nervios, sino por mi analfabetismo. En un momento de valentía efímero respiré profundo y comencé a leer torpemente.
“ Estimado Sr. Prepucio, tras estudiar minuciosamente su book, nos complace comunicarle que usted ha sido seleccionado para los cástings que nuestra agencia llevará a cabo para seleccionar al actor que interpretará Spiderman V. Le citamos para el próximo Martes 13 a las 19.00 horas en nuestra agencia cuya dirección se adjunta en la presente carta. Puede venir acompañado de su representante. En caso de no poder asistir a la prueba, se ruega confirmación. Sin otro particular, reciba un cordial saludo. Julieta Harrignton. Gerente. BCN Cástings. Rambla Cataluña 208, bajos, Barcelona.”-  Esbocé una sonrisa de satisfacción. Por fin una buena noticia en mi miserable vida. El camino había sido mísero, desdichado y tremendamente duro, pero había obtenido al fin, el premio a mi constancia. Eran las 16.00 horas de la tarde. Apenas 3 horas me separaban de mi sueño. Debía apresurarme. Me despojé de mi ropa y entré en la ducha. El contacto con el agua fría fue agradable, reparador. El agua era gélida, glacial. Me habían cortado el agua caliente. Noté un calorcito familiar en mis sucios muslos peludos y en los pies, que compensaba la sensación de frío. Me estaba orinando encima. Me  vestí con rapidez unos vaqueros desgastados, una camisa roja y unas sandalias blancas. 

El aire olía a lluvia, el cielo estaba gris y unas gotas dispersas golpeaban ya las baldosas de la calle. Emprendí  la cuesta que conducía a la estación de tren, con paso firme, creyéndome descaradamente atractivo, con mirada de galán.  Limpié mis gafas de sol y pasé  de ver TS-screener a FullHD . Me sentía una celebrity, una estrella del séptimo arte. Tenía un paso dispar, encorvado, parecido al de un primate, mientras mis gastados zapatos chinos de un negro grisáceo, se arrastraban a cada zancada, contoneándose, lastimando mi deforme cuerpo que esperaba para bajar. Cuando  llegué, había parado de llover. Apenas un par de manzanas me separaban de la agencia de cásting. Estaba nervioso. Encendí una colilla de un cigarro que había tomado de un cenicero de la estación y di dos bocanadas profundas tratando de calmarme. Llamé al timbre, y una decrépita mujer me atendió.-“ Si me acompaña, entraremos en la sala de cástings donde esperan los otros aspirantes.”- asintió la mujer. Perplejo  por la impresión que me había causado aquel engendro fruto del incesto entre un gorila y una humana, seguí a Julieta a través de un largo y lúgubre pasillo que conducía a la sala de cástings. Sufrí un shock emocional tras abrir la puerta y contemplar la habitación:, atractivos actores, musculosos pretorianos y modelos cuyas abdominales parecían estar talladas en mármol . Era la gran hermandad de los que habían sido bendecidos por la naturaleza.-” Aguarde su turno en esta silla. En seguida le llamaremos”-, ordenó la pobre mujer. Una voz gangosa pronunció por megafonía: - “ Anastasio Prepuzio, Sala 4, Anastasio Prepuzio, sala 4, por favor.”-. Me levanté de la silla, y con paso espasmódico, caminé hacia la sala 4 entre las miradas de aquellos elegidos. Un grotesco fotógrafo y un enano velludo me esperaban en la habitación. Junto a ellos estaba una cabra famélica y enferma.- “ Buenas tardes Sr. Prepuzio.”- entonó el enano. -“ El cásting que estamos realizando es para interpretar Spiderman. La prueba consiste en un reto fácil. Sólo le pedimos que sea usted mismo.”- concluyó el pigmeo. El fotógrafo empezó a disparar su cámara frenéticamente. -“Desnúdese Sr. Prepuzio”- ordenó el liliputiense. Acaté la instrucción con frustración. Me quedé en slip. Mis calzoncillos eran un amasijo de tela manchada de heces y aceite. El fotógrafo lanzó dos instantáneas enfocando al slip. -“ Póngase a cuatro patas como un perro”-decretó el enano.-“¿Como dice?”- pregunté visiblemente perplejo .-“ ¡A cuatro patas asquerosa rata deficiente-”-, chilló rudamente el pequeño velludo al tiempo que me propinaba un sonoro bofetón. Gotas de transpiración poco discretas surcaban de mi espantoso rostro. El flash de la cámara de fotos empezó a lucir mientras yo, paralizado a cuatro patas, pensaba a donde podía ir a parar todo aquello. -“ Ven a lamerme los zapatos, cerdo!”. Lámelos hasta que te veas reflejado en ellos ”- ordenó el enano. Obedecí la instrucción. Empecé por la suela, chupando como si en ello le fuera la vida, continuando por la puntera hasta llegar a los cordones.  Estaba extremadamente nervioso. El enano tomó una cadena y me la pasó por encima de la cabeza, rodeándome, apresándome como a un perro rabioso. Lluvias y más lluvias de sucia saliva caían sobre mi cuerpo entre el ruido que producían al escupir.- “Esto es perfecto! Mira a la cámara Anastasio”- .El click de la cámara era frenético, trepidante. La escena, aberrante, miserable, aterradora. -“ Ahora debes copular con la cabra.”- mandó enérgicamente el repulsivo pigmeo. Me levanté  liberándome de mis sucios calzoncillos. Dejé al descubierto mi pene. Un trozo de carne podrida que desprendía un hedor nauseabundo. Apestaba a pelícano con paperas, a cálculo de riñon de rata, a vinagre, a menstruación. El enano y el fotógrafo arrugaron la nariz de forma instintiva. La pobre cabra, al adivinar mis intenciones, arrancó a correr como una libre en celo. Tras múltiples intentos,  conseguí inmovilizar al cavicornio. La agarré por la cabeza tomándola del collar, y copulé con ella. El pigmeo, emocionado, empezó a aplaudir con entusiasmo, enfervorizado por lo que estaba viendo. Mientras, el fotógrafo, inmortalizaba la escena con su cámara al tiempo que bromeaba gritando -”Beee”-. El mamífero, rebuznaba aterrado, en un jadeo atroz y ruidoso, retorciéndose preso del pánico, barboteando, haciendo arcadas como para expulsar todo el drama de su cuerpo.- “Perfecto. La prueba ha concluido. Ya le llamaremos si es usted el escogido”- concluyó el enano.
Tres semanas más tarde empecé el rodaje de la película.
Para mis apreciados lectores, dejo en este post el tráiler:


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martes, 14 de febrero de 2012

COMO TRATAR A UNA MUJER

Cuando era pequeño, y apenas gastaba vello testicular, y le preguntaba a mi abuela ( una ruda anciana que no aceptaba un "no quiero más" por respuesta,  que pensaba que fornicar era una empresa de alquiler de coches y que siempre recordaba  que la contraseña de su correo eran seis asteriscos ) : -“¿Cómo puedo gustarle a la Jennifer?”-. Ella me respondía  con voz nasal, sacando los dientes a modo de coneja:  -“Tienes que tratarla muy bien y hacerle muchos regalos”-.
Pero no sólo en mi niñez me animó a tener ese comportamiento de galán, gallardo y apuesto.
La sociedad, los anuncios, la televisión y especialmente los medios de comunicación, nos orientan para tratarlas como a reinas, pagárselo todo y dárselo todo. Debemos desvivirnos por las mujeres si queremos tener una relación venturosa, duradera y feliz.
¿Pero, por qué cuanto más bueno, compasivo, indulgente y galán es un hombre, más rechazo provoca a su pareja con el paso del tiempo?. Si tú, a tu pareja se lo das todo, pagas todo y se hace todo lo que ella dice, ¿Por qué cojones te deja? ¡Si has seguido los consejos de la jodida abuelita!.
Esto ocurre porque los varones caemos en la rutina y nos olvidamos siempre de juzgar nuestro peor aspecto: la autocrítica. Las personas tendemos a menospreciar aquello que conseguimos de un modo fácil y asequible. Una mujer cuyo marido millonario le da todo lo que desea, no valorará en absoluto todo lo que tiene a la larga y lo dará por supuesto. Conforme su vida se vuelva más lujosa y perfecta, basada todo en glamour, más tenderá a despreciar a los demás y mantenerse completamente ajena a los problemas foráneos. Su vida es perfecta, tienen de todo y no se va a mojar por personas que no conoce de nada; es lo que tiene la crueldad humana y la mente, que está enfocada a obviar más que en progresar. Es más, el error común del hombre que se da cuenta que con regalos e idolatros constantes no se consigue una mujer, termina por volverse un misógino y desconfiado de las hembras, creyendo que son malas personas y seres diabólicos sin escrúpulos.
El ser humano es esclavo de su genética. Y es imbécil. La genética del ser humano desciende del macaco, y los monos, como bien conocemos, no son seres precisamente considerados y diplomáticos. Más bien tienen actitud de cabrones y van a lo suyo. Las personas somos así, pero con inteligencia, van a lo suyo y tienen una psicología egoísta por naturaleza. Eso no significa que sean maquiavélicas personas, significa que mal orientadas o sin predisposición pueden llegar a puntos muy negativos.
Así que si eres realmente inteligente, debes romper la rutina. Una relación sin sorpresas, sin preámbulos, sin un poquito de misterio, de enigma romántico, sin detalles, no va por buen camino. Es importante para la otra persona notar que tú aún te esfuerzas por sorprenderla, por llamar su atención, por darle o prepararle aquello que le pueda alegrar el día. Es sano para toda relación que la emoción se mantenga siempre y que los detalles de conquista nunca terminen. De esta forma los miembros nunca pierden el deseo y se sienten ansiosos, emocionados y alegres de ver a la otra persona, es decir, persiste el enamoramiento y la ganas de copular. Si lo que quieres es demostrarle a tu pareja lo mucho que significa para ti y estás interesado en hacer que tu relación funcione, entonces presta atención a mi siguiente guía pedagógica de ideas para romper la rutina para que la monotonía nunca toque la puerta de vuestras vidas:

1.-  Después de pisar una mierda, límpiate el zapato con su almohada. Quéjate visiblemente cabreado cuando cambie de postura para dormir. 
2.- Come ajos 4 veces al día. Dile que es muy sano. No la invites. 
3.- Al lavar sus calcetines, mételos astuta y accidentalmente con ropa que destiña de su color más odiado. Devuélveselos con algún calcetín que no sea suyo. 
4.- Quédate en éxtasis oliendo tu propia ropa interior. Aparta despectivamente la suya. Hazte gay y empieza a salir con su hermano menor. 
5.- Llámala a su casa y ponla excitada por teléfono; dile que se venga a tu casa a fornicar. Inmediatamente después, vete al cine con  otra. Asegúrate de que tus padres vayan a estar en casa durante toda la tarde. 
6.- Tírate una ventosidad en privado y échale la culpa a ella. 
7.- Espera a que se haya lavado los dientes y dile después que use tu cepillo, porque tú has arrancado las costras amarillas del inodoro con el suyo. 
8.-  No le digas que eres estéril hasta que ella le haya anunciado su embarazo a todo el mundo.
9.- Cámbiale sus pastillas anticonceptivas por laxativos, y cuando cenes con sus padres, insiste en beber de su diafragma. 
10.- Ponle un candado al inodoro y deja la tapa bloqueada en posición vertical. 


viernes, 10 de febrero de 2012

EL VIAJE EN AVIÓN

Caminando con intermitencia por el aeropuerto,  con gafas de sol, sintiéndome como una estrella, me encontré un euro en el suelo. Me agaché a recogerlo como si no hubiera mañana, y se me escapó una involuntaria flatulencia  sonora que asustó a un perro lazarillo embutido en un jersey de cuadros escoceses. La señora que lo paseaba, vendedora de cupones, dio un sobresalto y soltó instintivamente la correa. El canino corrió despavorido huyendo del metano expulsado y, al mismo tiempo, asustado por el brinco de su ama, cruzando  el security check, y siendo brutalmente abatido por la Guardia Civil.
Gracias a la inutilidad tecnológica de mi vecino que me proporcionaba conexión a internet, saqué un billete de Ryanair. Había decido viajar a Australia a por un abrazo de un koala, un sueño que todavía no había podido cumplir. Me esperaba 24 horas de agradable vuelo dentro de la aeronave. Adoro volar. Hay sólo cuatro momentos de un viaje en avión que me producen terror: antes del despegue, cuando comienza a elevarse, mientras vuela y cuando aterriza. Di un paseo hablando solo por las tiendas de la terminal. Paré en en seco para dramatizar la conversación. Un Mercedes 4x4 último modelo era exhibido como reclamo comercial. Un cartel rezaba " algopasaconmercedes.com". Un escalofrío recorrió mi siniestro cuerpo. -¿ Qué le pasaría a Mercedes?- me pregunté tremendamente alarmado y meditabundo. -" Mercedes!!, ¿Mercedes, dónde estás?-, ¿ Te encuentras bien?- grité compungido creando una multitud curiosa. Nadie contestó. Sólo algunas inescrutables miradas de compasión y desprecio por parte de algunos pasajeros fueron la respuesta. Compré un par de revisitas de zoofilia, unos cacahuetes y un osito de peluche. Quedaban casi dos horas para partir, así que decidí quedarme mirando con curiosidad las pantallas que anunciaban los vuelos, intentando descifrar algún mensaje encriptado. Una voz nasal, particularmente desagradable, alertó por megafonía que había llegado  la hora de embarcar. El avión era un Airbus380. Una atractiva azafata de faz pálida me acompañó a mi butaca. Nº 32 C.  Al lado, en el 32A y 32B, un gordo seboso intentaba  sacar los brazos por las ventanillas mientras devoraba, con la boca abierta y haciendo ruido, un bocadillo de atún. Su rostro estaba estucado por un mar de pliegues, protuberancias dérmicas y lunares. Era un cuerpo siniestro, demacrado, horrible, lleno de granos y verrugas, tullido de desprecios e insultos prepúberes. Me senté al lado del obeso y una vez dejé de hojear el periódico, presté atención a  la azafata, huérfana de prendas por aquello del ahorro de costes, que afirmaba que el chaleco se podía inflar soplando por unos tubitos de todo a cien. Comprobé  debajo de mi asiento si se hallaba el maldito chaleco amarillo, encontrando en su lugar una bolsa de magdalenas caducadas.
Posteriormente, tras unas indicaciones tal lenguaje de sordos para señalar las salidas de emergencia, nos explicó lo de la despresurización. Respiré aliviado. Unas mascarillas de oxígeno me podrían salvar la vida. Tras arreglar la hidráulica del avión con cinta aislante, la torre autorizó de inmediato el despegue, y el piloto procedió a ingresar a la pista; echó vistazo al indicador de temperatura y a la brújula; ambos estaban bien. Un repaso rápido al altímetro confirmaba que estaba configurado acorde a la elevación del terreno. Incrementó la potencia muy suavemente e inició la carrera de despegue concentrándose en mantener la rueda de nariz en la línea de centro de pista.
El viento estaba en calma, menos de cinco nudos, y casi de frente. La carrera de despegue fue normal, sin quejas del motor. El despegue para mi fue tremendo, sentir que me arrancaban de la tierra, notando como mi compañero de pasaje, con el chaleco enfundado, se agarraba de mi escroto asustado. Tras veinte interminables minutos, el avión tomó velocidad de crucero. La media docena de diazepán empezaron a hacer sus efectos. Me quedé profundamente dormido. Dormité 6 o 7 horas ininterrumpidas. 
La luz del cinturón se encendió y el piloto comenzó a parlotear. Me desperté confundido, con la visión borrosa para escuchar, pero no entendí gran cosa del mensaje ya que era en arameo. De todos modos, las caras de espanto del pasaje y el nerviosismo de la tripulación transmitían que algo no iba nada bien; lo primero que pensé fue que íbamos a perecer todos. Los rostros se crisparon llenos de pavor, los cuerpos atenazados se clavaron en los asientos, y yo, desconcertado, buscaba algún tipo de indicio. Me encontraba en medio de una tragedia griega y algún espabilado me había birlado el libreto; no sabía si me tocaba ser héroe, villano o simplemente uno más del coro. Incluso en tales circunstancias era incapaz de empatizar con mis compañeros de viaje al más allá. El gordo se levantó asustado, gritando, buscando desesperadamente un paracaídas. Pude oler el sudor de sus axilas, la grasa de sus cabellos, el hedor a pescado de su sexo.
La chica morena de la fila de delante movía nerviosa su cabeza de un sitio a otro, parecía buscar a alguien. De repente, me miró. Era preciosa, pulcra, hermosa, como flor temprana; rosa fresca y perfumada. La chica atezada se cambió al asiento vacío que estaba delante del mío. Tendría unos treinta años,  sus dientes brillaban como perlas, y era la búlgara más guapa que había visto en mi vida. Supe que ella era especial. Empezó a parlotear en búlgaro y yo, estupefacto, me limitaba a balbucear en mi perfecto inglés: -"Ai dong anderstang-". Ella tenía miedo, y ante eso, lo único que yo podía hacer era admirar sus ojos brillantes que se llenaban de lágrimas. De repente, empezó a lamer lascivamente un helado imaginario, moviendo la lengua en perfectos círculos. Le di el paquete de cacahuetes, pues pensaba que tenía hambre. Visiblemente contrariada, empezó a acariciarse su hermoso cuello, hasta llegar a sus pechos, a los que comenzó a acariciar suavemente. Saqué de mi bolsillo, un paquete de clinnex, entendiendo que sudaba por el nerviosismo  de la situación. Cabreada, me lanzó el paquete de pañuelos al tiempo que movía su pelvis mediante la articulación lumbo-sacra. Debía ser epliléptica. Le entregué el último diazepán que me quedaba en el bolsillo. Renegó, negando con la cabeza, con voz de Joaquín Sabina fumando Ducados. Abrió sus piernas y se despojó del diminuto tanga, mostrándome su sexo. Entonces lo entendí. No quería resignarse a morir sola. Quería copular conmigo.
Fornicamos como bellacos, poseídos salvajemente, como animales en celo, entre los chillidos del resto de pasajeros. Al acabar, nos quedamos mirando al techo, cubriendo nuestros presentimientos de silencio. Ella lo sabía y yo lo sabía: la muerte se aproximaba. Nos dormimos cogidos de la mano.
Dos horas más tarde, ya en Sydney, fuimos despertados por la brigada de limpieza del avión.
Estábamos vivos. Todo había sido un simulacro.




martes, 7 de febrero de 2012

ABDOMINALES COMO LEONIDAS EN 5 DÍAS

En cada momento de la historia el hombre y la humanidad han rendido culto a algo: fenómenos atmosféricos, espíritus,  efigies fálicas, dioses, al yeti o religiones de diversa índole. El cuerpo le ha sido imprescindible para subsistir por las necesidades vitales que tenía que superar como climatologías extremas o rivales y adversarios . Sólo el más fuerte sobrevivía.
Ya con los licenciosos y viciosillos griegos,  el hombre empieza a preocuparse además del vigor y el rendimiento bélico, por la estética, la belleza, así como por las competiciones y el rendimiento deportivo, tratando como semidioses a los ganadores de las pruebas más significativas.
En la actualidad, el peso o el volumen corporal son dos parámetros de satisfacción o rechazo. Sin embargo el nuevo concepto de salud sí es preocupante. Para la concepción de “cultura del cuerpo”, no sólo nos debe importar la ausencia de enfermedad, sino que debemos verlo como un sentir más integral, más positivo. La salud es un estado de bienestar, siendo la actividad física y el ejercicio un tratamiento preventivo.
La práctica sistematizada de ejercicio, tales como poner la funda nórdica o postrarse haciendo zápping, nos puede producir beneficios personales tanto en lo físico como en lo psíquico y social. 
En la actualidad vivimos en una sociedad de comunicación en la cual los medios   y la sociedad se encuentran intrínsecamente relacionados. Ambos intercambian información en un proceso de retroalimentación en el cual se va construyendo la realidad social. Pero esta realidad social es compleja, ya que no existe una sociedad homogénea si no que hay una multiplicidad de culturas y subculturas que colisionan en todo momento creando múltiples realidades. El hombre post moderno, el varón metrosexual está interesado por la información y la expresión que se reflejan en el mundo de las comunicaciones; se vuelve hedonista y defiende los valores de su identidad personal. Le importa el aquí y ahora y no se preocupa por el pasado ni el futuro. Este pensamiento produce que el hombre se enfrente con su condición de mortal y se instaura el culto al cuerpo joven, esbelto y perfecto. El varón, como gilipollas que es, se ejercita en el gimnasio para adquirir facciones  espartanas, y cuerpos que parecen haber sido tallados en mármol. Fornidos pectorales cubiertos de un fino vello que abrazaban unos firmes y erectos pezones, dorsales, perfectamente pronunciados, que se precipitan vertiginosamente abriendo paso a un abdomen macizo, robusto, sansónico, es el canon que la sociedad nos está imponiendo.

Todo macho anhela tener firmes abdominales. Desea rallar el queso en su vientre. Ansía conseguir un abdomen como el de Leónidas. Implicación con aspaviento. Maratonianas sesiones de abdominales, sudando como un sucio gorrino. Exhaustos ejercicios ventrales, lentos, rápidos, pausados, raudos; con movimientos circulares, perpendiculares, horizontales,  verticales,  elípticos, parabólicos, curvilíneos, cinemáticos con una estricta alimentación a base de  anabolizantes de caballos. Pobres  imbéciles.
Pero cuando se superan las 35 primaveras, nuestro vientre se transforma en abombado, atrozmente seboso, cruelmente mantecoso y flácido, con un perímetro abdominal tal  gladiador de sumo. El whisky, la cerveza, las patatas fritas, los kebabs, las pizzas, las hamburguesas, los  frutos secos, la sal y los pepinillos, delante de la pantalla de TV disfrutando de un buen partido de fútbol, se convierten en nuestra sana alimentación, y ya no estamos para gilipolleces como el gimnasio. No obstante, todos queremos lucir tabletas de chocolate en nuestro vientre.
Para todos ellos, he ingeniado un habilidoso y brillante método para conseguir un abdomen liso, sin grasa, sin necesidad de ejercitarse con estúpidos ejercicios aeróbicos o cuidados de dieta y así ajustarnos a los cánones de belleza y estética que la sociedad, siempre cruel en este aspecto, intenta marcarnos:






viernes, 3 de febrero de 2012

NO ME ENCUENTRO MUY BIEN....

Todo empezó con unas placas en la garganta. Había estado probando fármacos experimentales para ganarme unos euros. Normalmente cuando estoy estresado mis defensas suelen bajar y mi punto débil suele ser la garganta, así que para que no me pasara como otras veces, acudí al médico a que me recetara algo para que no fuera la cosa a peor. Mi médico,  que me detesta profundamente, no le dio mayor importancia, me recetó un antibiótico y unos antidepresivos. Una semana más tarde, cuando se suponía que la infección debía remitir, ya no sólo tenía esas placas, sino que se me empezaron a inflamar muchísimo las encías y me salió un bulto inusitado en el escroto. Empecé a  sentir una opresión en el pecho que me ahogaba, llevaba varios días durmiendo mal, notando una extraña presencia en mi habitación, soñando aterradoras pesadillas de unicornios vomitando arcoíris. Tenía un humor de perros, había sentido algún dolor de riñones durante el día con expulsión rectal de una especie de tapón mucoso, y, por si fuera poco, estaba perdiendo el apetito sexual. Me despertaba hablando hebreo, con lagañas del tamaño de cortezas de cerdo. Me atormentaba  el círculo vicioso de no encontrar las gafas bifocales porque no las veía, y al correr las cortinas tenía orgasmos. En los largos paseos que hacía con mi pez, topaba con un brillo blanco, navegando en las lúgubres aguas de un charco en llamas, fragmento luminoso, deslizado en dominios del lodo, sobreviviendo. Bajaba de la nube y caminaba sobre la tempestad. La luz no era tal, parecía papel, creía tomarlo, lo levantaba pero caía a chorros de regreso al agua en forma de nota con extraña inscripción que no revelaba. Me alteraba y escuchaba voces internas que me obligaban a arriesgar mi vida lamiendo el cuchillo lleno de nocilla, a enviar burofaxes de amor a monjas de clausura, a copular con maniquís. Aquellas siniestras voces me forzaban a alzar los brazos al cielo en plena calle gritando Nooooooooo!!!, a correr por una mezquita disfrazado de jamón, a matar a mi jefe con una hacha, a apalear ancianas de pañuelo negro cubriendo las canas de luto eterno. E incluso en ocasiones, el susurro del alma era lo bastante condescendiente como para simplemente decir -“cierra los ojos, hazte el dormido, no las escuches”-. Llegaba a ponerme morado, edematoso, de contener la respiración e incluso el aliento, se me retenían los orines y respiraba después jadeante, mientras para mí pensaba: -“ Es sólo fruto de tu imaginación”-.
Había algo en mí que estaba cambiando. Aquellos fármacos experimentales me estaban causando algún tipo de desconocida mutación genética.
El pasado Domingo mientras robaba dinero de la iglesia para pagar mis deudas caí desmayado.
Desperté de la anestesia lentamente. Mi boca, seca como el esparto, ansiaba desesperadamente algo de agua. El respirador que me mantenía vivo, oprimía mi garganta y me provocaba un repugnante sabor a plástico.
Tumbado en la cama del viejo hospital, cuyas paredes se resquebrajaban bajo mi atenta mirada, había perdido la noción el tiempo. 
Mi consciencia, también había desparecido, debido a las grandes dosis de calmantes y sedantes que me administraban, sin ellos, el dolor genital era tan fuerte que desearía haber muerto aquella tarde.
Llegó un momento en el que entré  en una especie de aureola y a pesar de no poder despertar de ese sueño inducido artificialmente, oía con nitidez los acontecimientos que me rodeaban.
Así fue como se abrí paso a través de mi memoria y conseguí recordar todo lo sucedido y reconstruir un puzzle que había quedado desdibujado en mi mente.
Mi  cuerpo permanecía vendado y cubierto por mantas térmicas, que conseguían a duras penas apartar el frío que había calado en mi cuerpo. Quise ver mis genitales, que desprendían un dolor insoportable. Con hérculeo esfuerzo conseguí sentarme en la cama para bajarme los pantalones. Cuando me contemplé, reprimí un grito ahogado, estrangulado. Era un espectáculo atroz, horrendo e inclemente. De mi velludo pubis había crecido un segundo pene.




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